Introducción
El enfoque y tratamiento de las clases II sigue constituyendo un reto en ortodoncia, no solo por la alta prevalencia de este tipo de maloclusiones sino también por la diversidad de patrones que aparecen en las consultas. Epidemiológicamente, a nivel global(1) esta maloclusión, representa el 19.56% del total de las maloclusiones, siendo la población caucásica la que mayor prevalencia ostenta, llegando hasta el 22.99%. En cuanto a los tipos, la prevalencia más alta la obtiene la clase II división 1 con resalte aumentado.
La visión clásica las clases II de E. H. Angle en 18992(3), descritas como una alteración en la posición dental, en la cual existe una relación distal de los dientes inferiores con respecto a los dientes superiores de más de la mitad del ancho de una cúspide, resulta muy reducida para el diagnóstico de estas maloclusiones, puesto que se restringe únicamente al punto de vista sagital. Angle dividió esta maloclusión según sea la falta de armonía en la región incisiva con proinclinaciones o retroinclinaciones, caracterizándose así las divisiones 1ª y 2ª. En esta definición se describía la estrechez de la arcada superior, la anormal función de los labios, la obstrucción nasal y la respiración oral, sobre todo en las clases II/1ª pero quedaba sin relacionar otros aspectos como son las rotaciones molares, la protrusión dentoalveolar superior, el patrón facial, el exceso de crecimiento maxilar y/o falta de desarrollo, la posición mandibular y la ATM. Siendo posteriormente McNamara(4), quien estableció que: “la maloclusión de clase II no es una única entidad clínica, sino que resulta de la combinación de numerosos componentes” y concluyendo que, la mayoría de las clases II se producen por retrusión esquelética mandibular, no por protrusión maxilar, presentando, al mismo tiempo, anomalías tanto en el desarrollo vertical como horizontal de la mandíbula.
Desde el punto de vista cefalométrico(3), las maloclusiones de clase II se caracterizan por presentar un aumento del ANB y del Wits Appraisal, que establece la discrepancia en la relación entre el maxilar y la mandíbula, pero sin especificar si la causa de estos valores aumentados reside en que la mandíbula se encuentra en una posición normal o retruida con respecto al maxilar, o por el contrario sea el maxilar el que esté en una posición normal o protruida. Resultando, por lo tanto, “necesario evaluar las relaciones oclusales, las discrepancias esqueléticas anteroposteriores y verticales, las relaciones faciales de los tejidos blandos, así como la presencia de funciones anormales”.